A lo grande: Maratón

Hoy saltaré unos cuantos meses en el tiempo desde la primera carrera de Lara hasta la última que hemos corrido. Los dos. Ella una y yo otra, el mismo día: Domingo 29 de Septiembre.
Por variar un poco, os contaré la parte que a mi me toca: Corrí mi primera maratón. Hubo algún problema y es que pequé de inexperto, os cuento mi experiencia por si os sirve de referencia para próximas citas:

Empezaré hablando de mi edad, 29 años. Puede que parezca una tontería y que no le veáis trascendencia, pero la tiene. Y mucho… Aquí un servidor, zaragozano de pro como iréis viendo, es habitual de todas las 10k, 12k que se hacen en Zaragoza y Tarragona (donde vivo actualmente desde hace unos años por trabajo, pero esa es otra historia que daría para otro blog).

Sobrado en esa distancia, en Abril me dio la venada de que antes de los 30 tenía que correr una maratón. ¿Cual mejor que la de mi querida Zaragoza? Los planes de entrenamiento están muy bien, pero después de 8-10 horas fuera de casa trabajando, es difícil seguir una rutina de 5 días semanales, por liviano que sea el ritmo, así que, endomondo en brazo y zapatillas anudadas, decidí que con hacer 2 días a la semana y siempre que uno de ellos tuviera al menos una distancia de entre 15-20 km sería suficiente: yo, con mi estado físico de “superhombre-machoalfa”, el gallito de las 10k, el killer de los 40min, me reía para mis adentros de los que sabiamente me nombraban “el muro de los 30”. No hablaban de años. Los 30 kilómetros: Warning.

El domingo amanecía en mi casa a las 6:00. Un platito de pasta fresca esperaba en el frigo. Ja! ¿quien iba a poder conmigo así de preparado? A las 8, ya bien meado y defecado, estiraba en el parque. Nervioso, sí, pero confiado. Me crecía por momentos, el objetivo ya no era acabar la maratón, eso era de pobres , en mi primera cita iba a ir a 5 min/km y, por que no, esprintar los últimos para darme el pegote. No os olvidéis, yo me como las 10k de dos en dos, esto de correr es cuestión de confianza, soy el fermincachobaturro.

A las 8:30, puntualidad británica, nos daban la salida. Ambiente increible y el tiempo acompañaba. La humedad del parque grande resultaba agradabilísima, y el olor a hierba mojada por la lluvia de la noche daba un plus de bienestar.

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El batallador, el canal, el paseo de San Sebastián… y así hasta 13km donde se abandonaba el parque. El ritmo, el esperado: alternaba los 5 min/km con algunos mejores, a 4.50. Era un crack del running. Fermincacho era incluso insultante. Empezaba a ser el usainbolt de la larga distancia.

Tenor Fleta con su solazo, San José, Cesareo Alierta, Miguel Servet, el cinturón… y media maratón en 1h 45minutos. Era un puto reloj de precisión! Por favor, maratones a mi… en el siguiente avituallamiento me cojo un platanito, por precaución, eh? pero vaya mariconada…

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Enfilábamos por Echegaray la plaza del Pilar, en la curva un colegio gritando y animando como si el Zaragoza hubiera ganado, de nuevo, la recopa. Los pelos de punta. En el Arco del Dean me esperaba mi hermano para hacerme una fotografía planificada con anterioridad.

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El ritmo seguía siendo bueno. En la plaza del pilar tras pasar por San Vicente Paul, el Coso y Don Jaime y algún que otro bucle entre calles del casco, más fotos, posadas incluso. Echegaray de nuevo y 28 km. Perfecto: 2/3 de maratón y físicamente me sentía no pletórico ya, pero sí muy fuerte.

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Subíamos el puente de Manuel Giménez Abad (creo, me acabé perdiendo con tanto puente) y en la bajada, atacando el km 31, algo que nunca antes me había sucedido empezaba a dar otro enfoque a mi carrera: Contracturas. Mi cabeza mandaba órdenes a mis piernas, que éstas no sabían ejecutar con normalidad. Parecía que de repente se me había olvidado la mecánica básica del movimiento. El biceps femoral me daba latigazos, tenía que parar a estirar y entonces, por efecto contrario, el cuadriceps se me subía a la altura de los testículos. El dolor era horrible. Nunca antes en mis 29 años me había sentido tan inservible, y sólo eran 31 km. Los más veteranos empezaban a pasarme como antaño he hecho yo tantas y tantas veces en las carreras de distancia más corta. Su superioridad era incontestable. Mi cabeza me pedía acabar la carrera. Mis piernas, amputación y dejar de sufrir.

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El ánimo de la gente de Zaragoza me mantenía en marcha, sí, nunca mejor dicho lo de marcha, porque era cuasi-atletíca al no poder elevar las dos piernas del suelo al mismo tiempo. Andando afronté los km 32 y 33. La tentación de abandonar y dejar lo que estaba siendo un suplicio de dolor era alta. Recordaba a todos los que me habían hablado de “el muro”. De aquellos a los que no había hecho caso, avisándome que en mi primera maratón llevara un ritmo muy suave, que los 10 últimos pesan como si fueran otra maratón. Me sentía el más gilipollas de los 1200 que estábamos ayer correteando por la capital del Ebro. Ese Ebro que no veía mas que pasar bajo mis pies mientras cruzaba puentes cada vez más despacio.

Llegué como pude al km 35. Paré. Bebí una botella entera de bebida isotónica y un amable compañero me ofreció ibuprofeno para mis agarrotadísimas piernas. Me dió la vida.

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Recordando a Galdós, algo surgió de mis adentros para avisarme que Zaragoza nunca se rinde. Tirando ya puramente de testiculina seguí para adelante. Trote cochinero que lo llamo yo. El tiempo era algo ya secundario, pero después de 35 km, un dolor inhumano no iba a ser capaz de frenarme antes de llegar a meta. Cada paso era un suplicio, pero también era un metro menos para los 42.195.

Km 38 y pasamos la pasarela del voluntariado. Vi la meta. Fue el único momento de la carrera en el que sufrí mentalmente porque estaba a 100 metros, y yo tenía que hacer un bucle de 4 km. Aquello me jodió profundamente, pero había que acabar.

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Puente de la Almozara y media vuelta, Pabellón de Aragón, Torre del Agua, Pabellón de Aragón de nuevo… y meta. Medalla y lágrimas. Algo más de 4 horas y cuarto. Casi 50 minutos más la segunda media maratón, pero el dolor había quedado atrás. Me sentía orgulloso, campeón y, ante todo, humilde. Esta maratón me había enseñado donde está el límite del ser humano. De mi cuerpo. Las sensaciones era indescriptibles e inigualables.

El año que viene tocará repetir, pero al menos intentaré hacerlo sin los mismos errores.

AH! por cierto, lo más importante… Gracias Lara por esperarme en la meta 🙂
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